domingo, 12 de mayo de 2019

La isla ausente

El buceo tiene un cierto efecto narcótico. No ya por la mezcla de gases que se respira sino por el vínculo que se establece con ese otro mundo que hay ahí abajo, bajo la superficie. Flotar como volando, a cámara lenta, aislado del ruido al que estamos acostumbrados pero a la vez en un medio que lo transmite mejor. Las burbujas y el ruido acompasado del respirador. Se diría que incluso el tiempo transcurre a otro ritmo.

Y sólo eso, pasear deslizándote lentamente por otro mundo, casi otro planeta un medio que no te corresponde, por un lugar al que no perteneces. Y contemplar la sinuosa propulsión de los pulpos o medusas, la elegante ondulación de las mantas y el diverso colorido de sus habitantes. Me encanta bucear, esa es mi liberación y mi condena.

Tanto como me gusta como para irme solo a una cueva perdida en la roca en cuanto tengo algunos días libres. Por supuesto no es nada recomendable pero cuando llevas tantas horas de inmersión como yo es pura rutina. Me siento más extraño sentado en el sofá frente al televisor, como un pez fuera del agua.

Sin embargo el buceo no es algo que tomar a la ligera. Jamás hay que olvidar que uno se adentra en un medio ajeno y hostil y el más mínimo error encierra el potencial de terminar en catástrofe. De ser el último. Es inevitable confiarse en cierta medida con el paso de los años, por eso un susto de vez en cuando no está de más a modo de recordatorio. Siempre que se quede en eso, claro.

Yo seguí mi protocolo a pies juntillas: el parte meteorológico, repuestos para todo y prudencia antes en exceso que en defecto. Bastante riesgo conlleva el mero hecho de bucear solo. Me cansé rápido de los grupos, suelen arruinar una experiencia que para mí es casi mística. Conlleva muchas incomodidades y requiere ser no poco metódico pero una vez abajo todo desaparece y un nuevo mundo abre sus puertas.

Por eso estaba entre las agostas paredes de una oscura cueva después de casi cien metros de descenso. Las cuevas son especialmente peligrosas, ya no por la falta de luz y lo angosto a veces de las paredes o su trazado laberíntico, sino porque las corrientes pueden jugar malas pasadas. Pero en ocasiones ofrecen paisajes inigualables. Bueno, tal vez alguien lo pueda encontrar aburrido, pero a mí es lo que más me gusta. Esa sensación de introducirte en las entrañas mismas del misterio de la naturaleza. Esa exploración, esa aventura.

Y a pesar de no escatimar las precauciones y de ir preparado para lo inesperado me estaba hallando en serios problemas. Lo primero que noté fue como se enturbiaba el agua. Al poco el temblor se hizo más evidente y ya desdibujaba cualquier punto en el que tratara de enfocar la vista, la linterna sólo un punto de luz, como una mancha blanca alumbraba nada concreto.
Instintivamente busqué refugio apoyando una mano en la roca de la pared y noté la vibración, ya palpable también en el agua.

Parecía que la caverna entera se iba a hacer pedazos encima mío. Eso o se pasa en un rato. Pero no, ninguna de las dos, continuó más y más, aumentando hasta despertar un ruido, primero sutil, al poco atronado.
Era un ruido grave, profundo y lejano. Y sin embargo se diría que un avión estaba aterrizando justo allí mismo, en aquella cueva, justo sobre mi cabeza. Y no cesaba. El agua era un turbio amasijo que no permitía ni siquiera comprobar la integridad de las paredes que me daban cobijo, noté el contacto tal vez de alguna piedra cayendo o quizás algún animal con tanto pánico como yo.

Por un momento, en mitad de aquel desgarro ensordecedor, pensé retroceder hasta la salida. No había forma de encontrarla sin ver a más de medio metro. Me agazapé en una esquina entre la pared y el suelo pensando sólo en que aquello acabara. me tapé los oídos con las manos que empezaban a doler y cerré los ojos que nada tenían para ver esperando que aquel espantoso estruendo cesara antes de que me arrastrara a la locura. Hasta entonces no sabía realmente lo que era el miedo.

Y aquello no paraba, se diría, que el mundo se estaba partiendo por la mitad. Miré el cronómetro, no podría esperar indefinidamente aunque aún tenía un margen amplio. La situación se alargó hasta lo inexplicable. Ya iba buscando la salida a tientas cuando el ruido se redujo y después de algunos repuntes finalmente cesó. Aún me quedaban varios metros de ascenso en las peores condiciones imaginables. Intenté controlar la respiración y calmarme para administrar la mezcla de los tanques.

¿Qué había pasado? Si al salir de la gruta hubiera aparecido en otro planeta en el extremo opuesto del universo mi sentido de la lógica habría quedado en alguna medida complacido. Pero no, fue algo más extraño, si cabe, Más mundano, más ordinario pero inesperado y por esa mezcla, nada exótica, resultaba más extraño aún. La obertura de la cueva por donde había entrado, a varias decenas de metros bajo la superficie aparecía desde lo lejos brillantemente iluminada.

Salvé los pocos metros que me separaban de la luz para darme cuenta de que el agua apenas cubría la mitad de la entrada. Estaba en la superficie. Mi cabeza emergió al aire casi sin darse cuenta. Miré a mi alrededor, no entendía nada. A lo lejos se veía una costa que no reconocí, la caverna antes sumergida se mostraba ahora como un saliente imponente que recogía la espuma del mar entre sus escollos. De mi embarcación, ni rastro. Afortunadamente no estaba lejos de aquella playa que no reconocía en absoluto, ni siquiera en su orientación. El sol brillaba con fuerza pero a los lejos se dibujaban nubes oscuras y se escuchaban ecos de truenos lejanos.

Noté que algo no estaba bien a medida que me acercaba, sólo había un horizonte de un relieve desconocido. Cuando por fin llegué me dejé caer de espaldas, rendido. Respiré unas cuantas veces para recuperar el aliento, nunca había estado tan contento de encontrarme en tierra firme. Al poco me di la vuelta sobre mi mismo para otear el horizonte, aún tumbado y jadeando. Arena. Piedras. Rocas. Algún montículo escarpado. Y algo de vegetación, chafada contra el suelo. Fijé la vista un poco más. Entre el lecho de rocas aún húmedo había innumerables cadáveres de topo tipo de peces, algunos aún se movían en un exiguo charco. Me di la vuelta y contemplé el mar. Tan aparentemente normal, como su no fuera con el la cosa, con sus olas rompiendo en aquella nueva orilla. Como si siguiera como siempre, como si no hubiera hecho nada.

Me quité las aletas y el resto de equipo. No sabía donde estaba. Miré hacia el cielo y calculé una hora aproximada. Caminé en la dirección a la isla de la que había partido en mi expedición. Los relámpagos brillaban a lo lejos anunciando el rugido del trueno. Un terremoto, sin duda, claro. Bueno, para mí un maremoto. Muy intenso, debía estar cerca del epicentro. ¿Tal vez una erupción? Dejé las botellas en la playa, no tenía más que el mono de neopreno que llevaba puesto. Ni siquiera agua. El cuchillo, la linterna, el cronómetro. Llevé conmigo las aletas y las gafas por lo que pudiera ser, pero no podía cargar con el peso de las botellas caminado sobre las rocas con los pies desnudos.

Llevaba ya un buen rato avanzando y ni rastro de la isla, sólo oteaba un extraño horizonte de tormentas. ¿Tal vez barrida por una ola? Aún así debería quedar algún resto visible. Los cadáveres que hayan mostraban cada vez mayor tamaño, pero había dejado el mar a la espalda aunque sabía que en cierto modo lo estaba pisando, y el sol... No encajaba, no. Seguí avanzando penosamente, salvando las molestas piedras de terreno en una misma dirección sin conseguir orientarme. Durante mucho más tiempo del que hubiera imaginado hasta que por fin lo vi, a lo lejos.

Era un pecio. Lo fue. Ahora sólo era el absurdo cadáver de un viejo barco en mitad de un desierto que empezaba a formar charcas de salmuera. Ya había estado antes allí, buceando. Cuando lo cubrían varios metros de agua. No parecía haberse movido en absoluto, ya era uno con el fondo. Volví a mirar atrás. Tal vez una impensable masa de agua volviera a cubrirnos en cualquier momento. Pero no, sólo una nerviosa brisa. Volví a mirar al cielo, dibujando desde mi memoria la trayectoria del sol por el cielo hasta el punto en el que ahora se hallaba.

Y en mi cabeza visualicé un mapa: la gruta, el pecio, la isla ausente. Y volví a mirar a aquel sol mentiroso. Jamás hubiera pensado que ya no saldría por el este.

jueves, 18 de abril de 2019

El mensajero


No todas las especies ni todas las civilizaciones prosperan. Muchas caen, pasto de sus propias debilidades. Y su fracaso no es demasiado difícil de anticipar.

Se trata hasta el último momento de demostrarles su error, casi de forma ritual, litúrgica, se diría.
Pero muy pocas son las veces que eso causa efecto alguno y menos aún en las que es lo bastante significativo para corregir su rumbo.

Tampoco es responsabilidad de nadie salvo de ellas mismas así que no suele pasar de ser un gesto fútil y rutinario pero que se considera que se debe dar. Es un poco como la luz de alarma, en realidad el sonido fluctuante de la sirena que precede al rugido de las bombas.

Pero no tiene forma de luz llamativa o sonido penetrante. Bajo el imperio de la mentira el único acto realmente revolucionario es la verdad. Y eso es precisamente lo que se hace, se les muestra la verdad y, en ese mismo acto, se les demuestra su error.

Lo más habitual es que sepultada bajo una losa de silencio e indiferencia. A veces es incluso perseguida y extirpada. Es un poco como esos pequeños anuncios que publican algunas administraciones en medios de comunicación públicos, perdidos en un rincón de la sopa de letras que es un periódico. Sin ninguna proporción a su relevancia, se da por comunicado a todos los efectos y si no te has enterado el problema es tuyo.

Pocas veces se abren paso hasta las portadas que realmente deberían copar, roza lo anecdótico.
Es por eso que además de mensajeros se les conoce como heraldos de la muerte.
La forma del mensaje puede variar mucho según el caso, al final constituye la prueba fehaciente de la incapacidad de gobernar y gobernarse, de comprender.

Algunas veces son erradicadas antes de que culmine su lenta agonía y otras los acontecimientos se precipitan con antelación a los procedimientos. El resultado al final es el mismo.
Dicen que la vida se abre camino y siempre lo acaba encontrando sin reparar en todos los desvíos hacia callejones sin salida que deja a sus espaldas.

Supongo que el mensaje podría ser visto así, como una señal de tráfico. En concreto una de dirección obligatoria. Y realmente no quieres saber que hay por el otro camino. En realidad ya lo sabes. Y no es agradable comprobarlo. Aún así algunos se empeñan en ello. Descubrirán en que consiste el ejercicio de la libertad de equivocarse.

miércoles, 13 de marzo de 2019

Quantum Teleport

-Es genial, lo tienes que probar. Esas fueron las palabras que me convencieron. Sin largas esperas para embarcar ni el resto de incomodidades de cualquier vuelo de larga distancia. La última tecnología en movilidad.

-¿Y te sientes... no sé, normal? Charlie arqueó una ceja. -¿Normal? Normal no, ¡como nuevo, incluso mejor que antes! Reía mientras iba pasando fotos de sus recientes vacaciones en Tokyo en la tablet que sostenía.
Así que ese mismo día llamé para pedir cita a Quantum Teleport, ellos fueron los primeros. Habían salido más recientemente un par de alternativas que empezaban a hacerles competencia pero por la diferencia de precio, como se suele decir, si puedes tener el original nadie escoge la copia.
Tenían la agenda bastante apretada pero logré que me encontraran un hueco en los días que tenía disponibles programados para vacaciones, una semana de relax lejos de casa para cargar las pilas y volver al trabajo "como nuevo", en palabras de Charlie.
Al principio, cuando salió hace un año o así me preocupó que la nueva tecnología pudiera acarrear alguna clase de efectos secundarios a largo plazo. Por supuesto la publicidad garantizaba la seguridad al cien por cien, pero tampoco se había presentado ningún caso con problemas de ningún tipo. Todos hablaban estupendamente, así que, ¿por qué no probarlo?

Llegado el día de la cita me presenté con mi pequeña maleta en sus instalaciones, apenas con unos minutos de antelación de la hora acordada por teléfono. Un lujo comparado con las tediosas esperas de los aeropuertos. Y mucho más seguro, además.
En la recepción me recibió una joven sonrisa femenina envuelta en un uniforme del tono azul corporativo, presente en todas partes junto al blanco en sus amplias dependencias.
-Hola, tenía programado un viaje a las once- dije mientras miraba a mi alrededor, a los altos techos, buscando una fuente de iluminación que provenía de algún lugar inconcreto.
-Por supuesto- sonrió la joven -¿me permite su documentación? Gracias, tiene que rellenar este formulario, puede tomar asiento, enseguida le atenderá el doctor.

Le agradecí su atención pensando en que tipo de doctorado habría cursado el especialista que se encargaría del proceso mientras ojeaba el papeleo.
Unas breves líneas acerca de dolencias conocidas y la clásica exención de responsabilidad que se firma en la consulta del dentista. De hecho parecía la consulta de un dentista. De uno forrado de pasta, quizás.
En seguida apareció un tipo con una bata blanca, pelo escaso y fris peinado hacia atrás con unas gafas sin montura, pasados los cincuenta pero muy jovial: -Usted debe de ser ¿Samuel? -Sam. Le corregí mientras estrechábamos las manos.
-Bien, bien. Yo soy el doctor Elliot Sullivan. Le felicito por su decisión de viajar con nosotros, acompáñame le enseñaré un poco todo esto.
Avanzamos a través de una puerta doble de cristal translucido que se abrió a nuestro paso.
-Llevamos operativos en este centro casi 18 meses, desde que Quantum Teleport puso a disposición del público su tecnología hemos completado cerca de doscientos mil viajes, todos con éxito, ¿qué le parece? Actualmente estamos en 48 ciudades en cinco continentes y seguimos creciendo. Dígame, ¿cómo nos conoció?
-Pues lo cierto es que me lo recomendó un amigo.
-Ajá. Esa es la mejor publicidad. Sonrió mostrando una hilera de perfectos dientes blancos y relucientes dignos de un dentista adinerado.
-Y también la publicidad, claro. Sus anuncios en los últimos meses estaban por todas partes.

-Estamos creciendo muy rápido Sam, esta tecnología es una auténtica revolución. Sin aglomeraciones, sin esperas, de punto a punto, al instante. Los que lo prueban repiten, en seguida podrá comprobarlo.
Andábamos por un largo y ancho pasillo con puertas a ambos lados, nos cruzamos con una mujer de uniforme con aspecto de enfermera y una carpeta en la mano que saludó con una sonrisa. Todo era amplio y limpio.
-Y dígame, doctor, ¿como funciona exactamente? Algo he leído pero...
-Los detalles son algo complicados pero se resume en información. Somos información y lo que hacemos es trasladar esa información, le vamos a hacer pasar por un cable, amigo, directo a... Revisó los documentos de su portapapeles. -Directo a... Las Vegas, wow, Un poco de emoción, ¿eh Sam?
-Eso espero. Concedí sonriendo.
-Comprenderá que los detalles exactos son un secreto industrial que se custodio con no poco celo... Usted sólo de ha de preocupar de disfrutar... de su estancia, no del viaje que es prácticamente instantáneo.
Le miré un poco incrédulo.
-No se preocupe, le prometo que no duele. Suelen preguntar eso.

Llegamos a una puerta numerada, el doctor comprobó el número en sus papeles ya abrió la puerta: -Adelante por favor.
Era una pequeña sala con un asiento metálico en el centro que quedaba envuelto por una especie de mampara.
-Y doctor, ¿qué sucedería si hubiera algún problema? En el viaje, digo.
-¿Problema? Bueno, lo cierto es que no hemos tenido ninguno todavía. Piense que su información se conserva en un sistema de alta redundancia, incluso en caso de fallo eléctrico o... aunque cayera una bomba, para entendernos, su integridad está completamente a salvo y volvería ser materializado. Nos tomamos la seguridad muy en serio. Ningún incidente en casi doscientos mil desplazamientos. Espero Sam que no sea usted el primero.
-Yo también lo espero. Su aplomo me arrancó una sonrisa.
-Bien, puede irse sentando, ponga el equipaje junto a la silla. Señaló el asiento metálico. Estaba conectado por tuberías de cable a un equipo con una pantalla de visualización del tamaño de un armario, similar a una computadora.

-Voy a ir ajustando el módulo de transporte. Primero se hace un escaneo, en un par de minutos. Otro par de minutos mientras el sistema comprueba su integridad. Y luego es darle a un botón... y en unos segundos se materializa en nuestras instalaciones de Las vegas.
-Increíble. Afirmé fascinado. -Sí, Sam, de veras lo parece, pero es sólo ciencia. Ni más ni menos. ¿Empezamos?
Asentí con la cabeza y el doctor cerró la mampara y dio algunas órdenes en la pantalla del sistema. Al poco un haz de luz azulada recorrió lentamente el habitáculo. Al cabo del rato se detuvo y se apagó.
-Bien vamos a validar el escaneo. La voz entraba por unos altavoces en algún lugar de la cápsula.
-Después procederemos a llenar el habitáculo con un gas inerte para la transferencia y luego es sólo darle a un botón.

Me sentí un poco inquieto pero me obligué a confiar en que estaba en buenas manos. Al rato volví a escuchar la voz procedente del exterior de la cabina: -Todo correcto. Sam, cuando usted quiera. El doctor me miraba expectante con una sonrisa plácida y las manos en las rodillas. Asentí con la cabeza.

-Vamos allá. Ah, por cierto, el gas aunque inocuo puede ser algo molesto para algunos en los ojos, tal vez se sentirá más cómodo si los cierra.
-De acuerdo. Vi como hacía un floritura algo teatral con la mano y pulsaba en la pantalla. Un gas inodoro y similar al vapor de agua fue llenando poco a poco el espacio dentro de la mampara con un siseo desde una rejilla en el suelo, cerré los ojos cuando el gas me cubría por los hombros.
Al rato escuché de nuevo el crujido de la voz del doctor por los invisibles altavoces: -¡Todo listo Sam! ¿por ahí todo bien?
-Todo bien. Confirmé, aún con los ojos cerrados y saber hacia donde proyectar la voz. -¡Buen viaje, Sam!
Se hizo una breve oscuridad. Volví a abrir los ojos y vi que estaba rodeado de una densa bruma. Al poco se activó un ruidoso aspirador que fue vaciando lentamente la cabina de humo. Al otro lado de la mampara translucida apareció la sonrisa de una mujer de mediana edad enfundada en una bata blanca. El humo realmente molestaba en los ojos. Oí su voz en el interior de la cápsula: -¿Qué tal, Samuel? ¿Ha tenido un buen viaje? ¡Bienvenido a Las Vegas!

Miré a mi lado y allí estaba también mi pequeña maleta, en el mismo lugar en el que la deposité. O en uno equivalente. Suspiré aliviado y respondí con una sonrisa. -Enseguida terminamos, un breve chequeo rutinario y muy pronto podrá disfrutar de la ciudad.
Al poco una linterna revisaba la contracción de mi pupilas. -¿Algún mareo, náusea?
-No, nada de eso, me encuentro bien.
-Perfecto. Veo que también tiene programada la vuelta con nosotros. Nos vemos entonces en una semana. Le acompañaré al vestíbulo. Nos despedimos y al cruzar la puerta entorné los ojos bajo el sol de Las vegas.

-Vaya. Algo no ha ido bien.
-¿Qué? ¿cómo? Un ruidoso aspirador empezó a despejar el habitáculo de humo. Abrí los ojos. Si que molestaba un poco el gas. -¿Qué ha pasado?
-Sam, me temo que sigue aquí. Por algún motivo no ha funcionado la transferencia. Pero no se preocupe, vamos a revisarlo. Lamento las molestias, a veces sucede. Seguro que es alguna tontería.
La cabina se abrió mientras el aspirador aún seguía funcionando, exhalando una pequeña bocanada de humo que se deshizo despacio.
El doctor se deshacía en disculpas: -No comprendo que ha podido pasar, pero le garantizo que antes de la hora de comer estará en su destino. Apretó algunos botones en la pantalla y habló al micrófono: -Rachel, ¿puedes venir al módulo 52? Ha fallado la transferencia, sí, envía también a un equipo técnico.

Al poco entró una chica ataviada con la misma indumentaria que la que nos cruzamos por el pasillo mientras el doctor estaba enfrascado consultando algunos datos en la pantalla. -Oh, Rachel, si eres tan amable, acompaña a Sam a la sala de espera. Sam, no se me vaya muy lejos. En seguida lo solucionamos. El doctor mostró su sonrisa perfecta.
Rachel me condujo a una sala muy amplia con cómodas butacas. Disculpe por el retraso, seguro que se resuelve en breve. ¿Puedo ofrecer algo? ¿Agua, café, un zumo... ? -Café está bien. Solo, gracias. Lamento ser el primero. Añadí con ironía. -¿Disculpe? Rachel no pareció entender mi pequeño sarcasmo. -No se crea, entre usted y yo, nunca lo he visto funcionar a la primera. Pero seguro que le hacen viajar en otro módulo para no hacerle esperar. -Ah... Asentí pensando en los doscientos mil viajes "sin un solo incidente" de los que el doctor me había informado.
Al cabo de unos minutos Rachel apareció con el café y una sonrisa y desapareció por la misma puerta por la que entramos.

Cogí un folleto de la mesa de al lado y lo ojeé mientras sorbía el café.
Caras sonrientes, paisajes, fotos de las instalaciones, lo típico. El logotipo de Quantum Teleport con las letras azules y ese tipo de difuminado que les confiere cierta sensación de movimiento. Un mapa con puntos azules donde la empresa tenía habilitadas sucursales y breves textos que ensalzaban la tecnología de teleportación cuántica. La espera estaba siendo tediosa, más después de la expectativas frustradas, di un buen sorbo al café saboreándolo en la boza mientras continuaba buceando entre las líneas de letra pequeña del folleto:
...la revolucionaria tecnología de teleportación cuántica ha completado en su primer año de actividad cien mil desplazamientos sin incidente alguno...
No pude evitar una carcajada refleja que, con el café aún en la boca, resultó en que el oscuro líquido tomara el camino que no le corresponde y sentí esa urgencia irrefrenable de toser con la boca llena mientras buscaba un lugar donde depositar el café que ya no me iba a poder beber antes de que saliera por la nariz. Vacié el café como pude en la planta que tenía al lado, mi risa resonó en la sala vacía, tanto por el texto como por mi elemental torpeza.

¿Que debía ser entonces un incidente? ¿Lleva a destino a un tipo y olvidarse de transferir el equipaje? ¿Tal vez la cabeza? Tosí un poco para acabar de aclarar la garganta y apuré el par de sorbos escasos que restaban del café dándole la vuelta al folleto. Miré el reloj, empezaba a sentirme cansado. Volví al folleto de pronto las líneas se entrecruzaban, me mareé y en un instante la sala se oscureció.
Cuando desperté me costó enfocar la mirada, estaba muy débil, como si pesara trescientos kilos, apenas podía mover la cabeza que tenía caída sobre un hombro. Había un hombre con bata blanca de espaldas, estaba haciendo algo sobre una mesa, yo estaba sentado pero la silla era más incómoda que la butaca, más rígida, era una silla de ruedas como la de los hospitales.
La luz me dolía en los ojos y me costó identificar lo que veía, a pesar de que la habitación estaba pobremente iluminada. Maletas, de todos los tamaños y colores, apiladas de forma algo desordenada. Decenas, varias decenas.
Un foco iluminaba de la mesa, Oí el sonido inconfundible de una cremallera cerrándose. Una cremallera larga. Larga como de dos metros.
Levanté un poco más la vista hacia la oscuridad del fondo y vi varias de esas bolsas para cadáveres de color gris oscuro sobre una doble hilera de camillas que se extendía hasta el fondo de la sala. Veinte, treinta, quizás más. Debí hacer algún ruido, tal vez una exclamación que ni si quiera puedo ser articulada debido a mi estado letárgico, porque el hombre de la bata blanca se giró sobre saltado.


Era un tipo calvo de mediana edad, me miró mudo con los ojos muy abiertos y sobresaltado. De repente empezó a moverse agitado mirando a un lado y al otro como quien busca con qué apagar un fuego y no se acaba de decidir. Al final agarró un bote de color caramelo del estante, desenroscó con las manos temblorosas el tapón  que rodó por el suelo.
Dio unos paso para coger un largo trozo de un rollo de papel industrial que empapó con el contenido del frasco de vidrio. Volvió a mirarme, clavo sus ojos en los míos con una expresión rígida en la mandíbula.
-No se preocupe señor, en seguida llegará a su destino.
Su tono caricaturizaba el de una azafata o algo similar. Me cubrió la nariz y la boca con el papel empapado y noté un fuerte olor químico. Presionaba firme con sus manos y empezó a contar susurrando para sí: -Uno, dos tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez...
Intenté zafarme moviendo el cuello, ni siquiera podía levantar los brazos.
-...once, doce, trece, catorce, quince, dieciséis, diecisiete, dieciocho, diecinueve, veinte...

-¡Veintiuno, blackjack! Gana el caballero. El crupier pagó las fichas con sobriedad y volvía a repartir cartas, estaba en racha. Después de todo había sido una buena idea venir a Las Vegas. Todo iba como la seda, después tendría que mandar un mensaje de agradecimiento a Charlie, comer algo, y si las cartas iban bien, tal vez buscar algo de compañía para la noche. Al fin y al cabo, lo que pasa en Las Vegas, se queda en Las Vegas.

domingo, 17 de febrero de 2019

Un inteligente experimento

Lo encontraron en un container de basura. El operario pidió al conductor del camión que detuviera el motor y entonces lo puedo oír con nitidez: el llanto de un niño entre los desperdicios.

Por aquellos años un alto directivo de una gran compañía farmacéutica y además investigador en química y neurología andaba buscando la forma de llevar a cabo un ensayo clínico que jamás sería aprobado por las autoridades. Hubiera probado el fármaco de su invención en su mismo cuerpo de no estar convencido que, dada su edad, la plasticidad de su cerebro no era ya la requerida para mostrar signo alguno de los efectos buscados: el desarrollo de la inteligencia.

El ensayo clínico en ratones se suspendió debido a severos efectos secundarios que ni siquiera se hicieron públicos y el expediente quedó un cajón que la compañía nunca volvería a abrir oficialmente. No obstante se dieron observaciones prometedoras y él sostenía con vehemencia, en contra del resto de la junta directiva, que los efectos nocivos no se darían en humanos por las notables diferencia y que, aún en el caso de producirse, la relevancia de los efectos deseados superaba con mucho a los indeseados.

Y fue entre los indeseados, en un orfanato, donde halló la manera de llevar a cabo ese ensayo clínico mínimo, con una muestra de una sola persona, tratando de que su sueño de elevar el desarrollo del intelecto humano a otro nivel no cayera en el negro olvido del cajón de un archivador que nunca se volvería a abrir.

Las piezas encajaban como un puzzle, una joven pareja que trabajaba para el laboratorio adoptaron a aquel niño que salió de la placenta para buscar acomodo entre bolsas de basura bajo la mediación del investigador. Se les suministró poco a poco el stock restante del fármaco con una posología definida con el ardid de que se trataba de un carísimo cóctel vitamínico al alcance de muy pocos muy recomendado para la etapa de crecimiento. La dosis pertinente fue inoculada y el pequeño experimento fue poco a poco creciendo con el paso de los años.

Al principio pareció arrojar incipientes resultados pero fueron demostrándose inconsistentes. Fue un joven rebelde, con poco o ningún interés por el estudio de las ciencias, más enfocada a las artes pero aún así con una constancia irregular aún con algunos momentos brillantes.

El investigador, que invertía buenas sumas en obtener informes del desarrollo del sujeto de estudio, al principio se ilusionaba con cada detalle prometedor más incluso que los propios padres adoptivos, pero poco a poco se fue convenciendo de que su diseño no estaba dando los frutos deseados. Al final de sus días, donde él había intentado crear una píldora de la genialidad, sólo encontró una notable mediocridad. Tal vez algo excéntrica pero nada que no se pudiera achacar a la limitada extensión de la muestra. Fue su última decepción.

Donde él hubiera esperado encontrar tal vez un Leonardo, un Mozart, tal vez un Einstein, halló solamente un muchacho rebelde y hedonista que ni siquiera fue capaz de completar la secundaria, con tendencia al abuso de tóxicos y cierto gusto por la música punk y el graffitti. Nada sublime, desde luego. Fue a su juicio su último fracaso.

Lo que no pudo saber antes de marcharse es que el experimento fue en realidad un rotundo éxito. El chico a medida que crecía y dada su diferenciada capacidad para analizar el entorno fue adquiriendo una visión crítica hacia un mundo que comprendía cada vez mejor y evaluó que ni siquiera merecía la pena el esfuerzo de terminar sus estudios. Mucho antes de la mayoría de edad.

El profundo desprecio que sentía ante la interminable lista de injusticias que atestiguaba día a día, aunada a la imposibilidad de introducir cambios significativos, le condujo paulatinamente a un aislamiento cada vez más cerrado en sí mismo. Con un casi total desinterés incluso por el más elemental bienestar material y económico. Nada parecido a lo que se suele interpretar como inteligencia. Algo en lo que tal vez no reparó el investigador es que aquel muchacho sería condenado a vivir en un mundo de imbéciles más que de iguales.

Sucedió que el éxito fue tan abrumador que no se manifestó en ningún modo esperado. Se escapó de las predicciones. Tanto que el creador no estaba siquiera en posición de interpretar correctamente su obra, porque claro, al mundo le encantan los genios. Pero nadie se pregunta que opinan los genios del mundo. Por eso es un mundo de imbéciles.

sábado, 9 de febrero de 2019

Los oficios de dios

Einstein lo solía llamar "el viejo". Y teniendo en cuenta que se refería en cierta forma a la primera causa tal vez resulte éste su rasgo más definitorio. Aunque se hace difícil no recordar aquí que todos los padres son hijos. Pero no todos los hijos son padres.

Los masones se refieren a un arquitecto que habría trazado el diseño del mundo con compás y escuadra, con geometría y matemática. Similar sería el enfoque científico.

Y se podría decir que son estos últimos los que estudian y mejor comprenden su obra y nos proveen de la ingeniería que bajo los principios del orden progresa, a veces también para progreso de la humanidad.

Dios (por aceptar la figura poética de personalización tradicional en las religiones) debería ser de algún modo un científico. Quizás un matemático o geómetra en la Grecia clásica o quizás músico de la armonía de las esferas. Puede que arquitecto, dada la atribución originaria del tiempo de las grandes catedrales. Tal vez un físico desde los albores de la tecnología nuclear o quizás un informático a tenor de las más recientes tecnologías, siempre relacionadas con nuestra manera última de ver el mundo.
Eso que algunos quieren entender como holograma. Mañana será otra cosa, siempre inmersos en nuestro paradigma.

Tal vez la manera de establecer quién tiene razón en esta discusión sea determinar quien ha comprendido mejor su obra.
Y aquí conviene volver a recordar a Einstein, en concreto en aquellas palabras en una misiva de duelo, rescata de su pensamiento su raíz más lírica y cataloga al tiempo de "ilusión obstinadamente persistente".

Si uno comprende que el tiempo no existe, atributo que él concede en esas mismas líneas a los físicos y que al menos hoy parece difícilmente sostenible en términos generales, no lo hace en realidad desde la ciencia.

En derecho se conoce como prueba diabólica: no se puede probar la no existencia de algo. Quizás no por casualidad es la misma discusión que de alguna manera la ciencia ha sostenido a lo largo de la historia reciente con las religiones y su concepto de dios.

Si en cambio aceptamos la definición de Spinoza, que Einstein reverenció, la prueba se hace tan obvia como la tal vez más famosa reflexión de la filosofía, alcanzada por Descartes: pienso, luego, existo. Sólo superada en fama y corregida en fondo (cuidado con la idea del yo) por Sócrates: sólo sé que no sé nada.

De nuevo, decía, se repite con la idea de tiempo ese problema de la prueba diabólica con la comunidad científica actual, cuya existencia se ha convertido a través de la matemática mal entendida en un hecho físico.

Einstein supo manejar bien el asunto y lo diluyó junto al espacio en la relatividad. Parece que la memoria de su interpretación se ha perdido y sólo quedan unas ecuaciones que pocos saben leer y nadie sabe interpretar.

No es un problema nuevo, por supuesto, es casi una constante. Hay algo en la débil mente del hombre que tiende a buscar soluciones fantásticas a problemas reales, a tomar las fantasías por realidad, a caer en explicaciones mágicas, supersticiones y brujerías. A desviarse del camino de la razón al menor descuido. A torcer las interpretaciones de los hechos físicos y volver a la oscuridad de la que proviene.

Leyendo el último párrafo tal vez alguien haya evocado imágenes del medievo, nada más lejos de mi intención. Hoy la alquimia está en la interpretación de la física cuántica, en su efecto de superposición, en el lugar en que siempre ha estado: en la frontera del conocimiento.
La situación, por mucho que nuestro conocimiento se haya acrecentado, en realidad no ha cambiado.

El ejemplo no es casual, como nada es casual en el mundo. Lo escojo mientras escribo de la no existencia del tiempo porque es un caso idéntico.
Asumir el efecto de superposición cuántico como la posición real de una partícula es el mismo defecto que otorgarle al tiempo el rango de realidad física: referirse a él como dimensión (aún siendo, si es que fuera, algo objetivamente del todo distinto) es un enfoque superlativamente incorrecto.

No hay de qué avergonzarse, las mentes más brillantes han caído en el mismo error, desde Platón con su mundo de las ideas, cuando no hay más mundo que el mundo que las contiene, hasta Gödel con sus números tan reales como las mesas y las sillas.

Pero volviendo al tiempo, tal vez la razón de tal aproximación es que contiene tentaciones importantes como cerrar el problema de la primera causa, convirtiéndose así uno en el padre de su padre, (yo soy mi abuelo, canturrea Ethan Hawke en Predestination) pero hay otras soluciones que no encuentran las inevitables paradojas del viaje en el tiempo que sirven en la cultura como divertimento. No es algo apropiado para la ciencia y sin embargo es muy del gusto de la alquimia de nuestros días. Con perdón de la alquimia, viendo la estructura electrónica más fácil sería convertir el plomo en oro que viajar en esa imaginaria entidad que el tiempo es.

¿Cómo podrían suceder las cosas sin tiempo? El mundo sería estático, aseveran algunos. En realidad lo único que hace falta para que un fenómeno tenga lugar es eso, un lugar. Y el cuándo siempre será un antes de y un después de. No hay un flujo de tiempo sino de acontecimientos. Hay un orden causal. Hay movimiento en y del espacio. Y eso es todo lo que hay.

Hoy por desgracia, la interpretación aceptada en todos los ámbitos es la diametralmente opuesta: el ilusorio tiempo se ha erigido en realidad física incontestable y al que niegue tal supuesta realidad se le tacha poco menos que de loco. Y el espacio, una realidad física innegable en la que sí nos desplazamos a través de sus tres dimensiones, se asume estar constituido de la más pura nada. Avisó Parménides que sólo la nada puede no ser y el espacio sin duda es. Avisó Tesla en tiempos de la relatividad que algo que no es, el vacío, debe carecer de propiedades y por lo tanto no podría curvarse. Y todo se ha comprendido al revés.

Quien quiera entender a dios, a la naturaleza, la creación, la obra, el universo, el mundo, comprender sus oficios y sus trabajos, lo podrá hacer sólo del modo en que se expresó Einstein en aquella carta de condolencia, en busca de un sentimiento profundo. Algunos físicos teóricos suelen referirse a la noción de "elegancia".
Tal es la justicia divina, justicia poética, aún se espera a aquel que haga justicia al dios de los poetas.

jueves, 30 de agosto de 2018

Agua

Si el agua fuera dinero el mar estaría seco, hasta la última gota. Los océanos serían eternos eriales y la lluvia un fenómeno en vías de extinción. Todo el planeta sería un inmenso desierto.

Algunos harían acopio de las descomunales masas de agua ya no para su exclusivo uso y disfrute, que por supuesto también, sino para obtener aún más agua mediante la tecnología apropiada. Nadarían en sus amplias piscinas mientras cada día moriría gente de sed. Los pobres lamentarían cada gota de sudor evaporado y reciclarían incluso su propia orina.

Pero no, el agua no es dinero. El agua es sólo agua y hay una cantidad limitada de ella que el cuerpo puede retener. Una cantidad mínima y máxima para su correcto funcionamiento. Se puede morir por ingerir demasiada agua. Y aunque desde luego se pueda acumular, la sed a saciar es también limitada. Tampoco hay tecnología que pueda conseguir más agua usando sólo agua. De hecho la tendencia natural es la contraria, la del intercambio con el medio en la búsqueda de un nunca hallado equilibrio.

Sin embargo el dinero de hoy no ocupa realmente lugar, la diferencia de un dólar en una cuenta bancaria y un billón de ellos es de unos cuantos unos y ceros. No hay limite alguno en su acumulación y su toxicidad es muy distinta a la del agua, lejos ambos de ser inocuos. Y es que, la sed de dinero, parece ser del todo insaciable.

Por eso en el mar hay olas y en el mundo miseria.