Si el agua fuera dinero el mar estaría seco, hasta la última gota. Los océanos serían eternos eriales y la lluvia un fenómeno en vías de extinción. Todo el planeta sería un inmenso desierto.
Algunos harían acopio de las descomunales masas de agua ya no para su exclusivo uso y disfrute, que por supuesto también, sino para obtener aún más agua mediante la tecnología apropiada. Nadarían en sus amplias piscinas mientras cada día moriría gente de sed. Los pobres lamentarían cada gota de sudor evaporado y reciclarían incluso su propia orina.
Pero no, el agua no es dinero. El agua es sólo agua y hay una cantidad limitada de ella que el cuerpo puede retener. Una cantidad mínima y máxima para su correcto funcionamiento. Se puede morir por ingerir demasiada agua. Y aunque desde luego se pueda acumular, la sed a saciar es también limitada. Tampoco hay tecnología que pueda conseguir más agua usando sólo agua. De hecho la tendencia natural es la contraria, la del intercambio con el medio en la búsqueda de un nunca hallado equilibrio.
Sin embargo el dinero de hoy no ocupa realmente lugar, la diferencia de un dólar en una cuenta bancaria y un billón de ellos es de unos cuantos unos y ceros. No hay limite alguno en su acumulación y su toxicidad es muy distinta a la del agua, lejos ambos de ser inocuos. Y es que, la sed de dinero, parece ser del todo insaciable.
Por eso en el mar hay olas y en el mundo miseria.
jueves, 30 de agosto de 2018
miércoles, 29 de agosto de 2018
El problema
Todos hemos pensado alguna vez en cambiar el mundo. Pretender solucionar esos problemas que parecen no tener solución, ya sea por toda una vida o por un efímero instante. Indefectiblemente con el mismo final, claudicar de la tarea. Ya sea por voluntad propia o por imperativo de nuestra mortalidad.
En el caso más común uno termina por aproximarse al problema desde la vertiente más puramente práctica: dada la imposibilidad de solucionar el problema general, por diversos factores, centrarse en solucionar el problema personal. Es un rasgo necesariamente común del superviviente aunque la caprichosa genética insista a veces en aventurarnos por otros caminos.
Sucede que, en la renuncia a solucionar el problema general y la persecución de una solución para el problema personal, se perpetúa el problema. De hecho se perpetúan ambos dado que el segundo es consecuencia del primero. ¿Curioso, no? Es muy probable que Nash comprendiera este punto con una sonrisa sardónica.
Alguien sabio dijo que un error no se convierte en tal hasta que se rehúsa corregirlo. Luego, un problema no es tal hasta que se rehúsa solucionarlo. Bien, de eso es exactamente de lo que estamos hablando aquí. Tal vez sea difícil hacer entender que no existe solución personal a un problema que ahonda las raíces de sus causas en un problema general. La solución personal es pura apariencia, tan tangible como pueda serlo un espejismo. Sin embargo es esa opción por una solución ilusoria la que hace que una solución real y profunda jamás pueda tener lugar. Como en el dilema del prisionero que propuso Nash, nos hallamos presos en la prisión de nuestro propio egoísmo. ¿Seremos capaces de hallar el camino de salida de nuestro cautiverio?
Tristemente, depende de nosotros. Comprender el escenario es el primer paso, ese con el que, según otro sabio, se inicia hasta el camino más largo. Al final es cierto, al menos en este caso, aquello de que en el pecado va la penitencia. Y comprenderlo es no saber si reír o llorar. Presos en la prisión de nuestro propio egoísmo, ese es el material que conforma nuestros barrotes, nuestros altos muros, nuestras alambradas. Presos del egoísmo del otro como el otro lo está del nuestro.
En realidad es sencillo cuando se comprende. Y tal vez algunos esperamos con la paciencia infinita de dios ante nuestras propias torpezas. Pero no somos dioses, al final, somos sólo hombres. Por lo menos mientras nos hallemos encerrados en la prisión de nuestro propio egoísmo. ¿Cuánto más?
En el caso más común uno termina por aproximarse al problema desde la vertiente más puramente práctica: dada la imposibilidad de solucionar el problema general, por diversos factores, centrarse en solucionar el problema personal. Es un rasgo necesariamente común del superviviente aunque la caprichosa genética insista a veces en aventurarnos por otros caminos.
Sucede que, en la renuncia a solucionar el problema general y la persecución de una solución para el problema personal, se perpetúa el problema. De hecho se perpetúan ambos dado que el segundo es consecuencia del primero. ¿Curioso, no? Es muy probable que Nash comprendiera este punto con una sonrisa sardónica.
Alguien sabio dijo que un error no se convierte en tal hasta que se rehúsa corregirlo. Luego, un problema no es tal hasta que se rehúsa solucionarlo. Bien, de eso es exactamente de lo que estamos hablando aquí. Tal vez sea difícil hacer entender que no existe solución personal a un problema que ahonda las raíces de sus causas en un problema general. La solución personal es pura apariencia, tan tangible como pueda serlo un espejismo. Sin embargo es esa opción por una solución ilusoria la que hace que una solución real y profunda jamás pueda tener lugar. Como en el dilema del prisionero que propuso Nash, nos hallamos presos en la prisión de nuestro propio egoísmo. ¿Seremos capaces de hallar el camino de salida de nuestro cautiverio?
Tristemente, depende de nosotros. Comprender el escenario es el primer paso, ese con el que, según otro sabio, se inicia hasta el camino más largo. Al final es cierto, al menos en este caso, aquello de que en el pecado va la penitencia. Y comprenderlo es no saber si reír o llorar. Presos en la prisión de nuestro propio egoísmo, ese es el material que conforma nuestros barrotes, nuestros altos muros, nuestras alambradas. Presos del egoísmo del otro como el otro lo está del nuestro.
En realidad es sencillo cuando se comprende. Y tal vez algunos esperamos con la paciencia infinita de dios ante nuestras propias torpezas. Pero no somos dioses, al final, somos sólo hombres. Por lo menos mientras nos hallemos encerrados en la prisión de nuestro propio egoísmo. ¿Cuánto más?
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lunes, 19 de febrero de 2018
Tan sólo hombres
Si hubieran resultado ser los pequeños hombrecillos verdes que todos esperaban ver hubiera sido mucho más sencillo.
Incluso si se hubiera tratado de algún tipo de vida exótica basada en el silicio en lugar del carbono. O milenarias formaciones de cristal que adquirieran conciencia tiempo ha como mente colectiva.
Incluso estructuras gaseosas venidas a la vida en los gigantes más alejados de su estrella. O cualquier tipo de seres, etéreos o gelatinosos provenientes de alguna otra dimensión oculta a nuestros sentidos.
Todo habría podido recibir una explicación mucho más satisfactoria que la simple y anodina realidad.
Eran exactamente, por lo menos en apariencia, justo como nosotros. Y eso requería una muy buena explicación.
En realidad daba lo mismo que dijeran venir de aquí o de allá. A tenor de la deshilachada historia de la tierra, la que por nosotros era conocida y que fue legada a retazos por nuestros ancestros, fragmentaria como un espejo quebrado que devuelve imágenes solapadas unas veces y con regiones ausentes otras.
Conociendo las tradiciones, en parte religiosas y en parte fantásticas e imaginarias la sospecha se iba abriendo paso como la vegetación entre los adoquines.
El temor de resultar tan sólo un subproducto de tecnología biológica, una raza de esclavos con ciertas capacidades menguadas, de vacuas jóvenes de compañía suaves y voluptuosas, cálidas hacia quien pudiera procurarles algún beneficio pero anuladas en todo su interior.
Y se vislumbraba la verdad amarga a través del raído manto de ignorancia con el que trataron de encubrir los más bajos instintos de mentes más elevadas y es que la final, a la postre, eran tan sólo hombres.
Incluso si se hubiera tratado de algún tipo de vida exótica basada en el silicio en lugar del carbono. O milenarias formaciones de cristal que adquirieran conciencia tiempo ha como mente colectiva.
Incluso estructuras gaseosas venidas a la vida en los gigantes más alejados de su estrella. O cualquier tipo de seres, etéreos o gelatinosos provenientes de alguna otra dimensión oculta a nuestros sentidos.
Todo habría podido recibir una explicación mucho más satisfactoria que la simple y anodina realidad.
Eran exactamente, por lo menos en apariencia, justo como nosotros. Y eso requería una muy buena explicación.
En realidad daba lo mismo que dijeran venir de aquí o de allá. A tenor de la deshilachada historia de la tierra, la que por nosotros era conocida y que fue legada a retazos por nuestros ancestros, fragmentaria como un espejo quebrado que devuelve imágenes solapadas unas veces y con regiones ausentes otras.
Conociendo las tradiciones, en parte religiosas y en parte fantásticas e imaginarias la sospecha se iba abriendo paso como la vegetación entre los adoquines.
El temor de resultar tan sólo un subproducto de tecnología biológica, una raza de esclavos con ciertas capacidades menguadas, de vacuas jóvenes de compañía suaves y voluptuosas, cálidas hacia quien pudiera procurarles algún beneficio pero anuladas en todo su interior.
Y se vislumbraba la verdad amarga a través del raído manto de ignorancia con el que trataron de encubrir los más bajos instintos de mentes más elevadas y es que la final, a la postre, eran tan sólo hombres.
sábado, 23 de septiembre de 2017
Sólo era un sueño
¿Alguna vez te has
despertado desorientado, sin saber dónde estás? Sin saber si estás
del derecho o del revés, a que lado está la ventana de tu
habitación y a que lado el armario. ¿Tal vez de niño? O quizás ya
no lo recuerdes.
Esa es la cuestión,
recordar o no, distinguir el recuerdo primigenio de construcciones
posteriores que tratan de enmendarlo, completarlo o reconstruirlo. Al
final se hace casi imposible desentrañar lo que es producto de la
memoria y lo que es producto de la imaginación.
Tal vez lo recuerdo
y no debería recordarlo. Tal vez debería recordarlo y no lo
recuerdo. Tal vez algunas experiencias a lo largo de la vida
encierran el potencial para desencadenar recuerdos profundamente
dormidos, aletargados en algún rincón inaccesible del
subconsciente.
Yo sí recuerdo haber despertado desorientado, muchas veces, cuando era niño. Es una
sensación particular y extraña, con algunas semejanzas a la de
volver al hogar tras unas largas vacaciones. Todo parece un poco más
ajeno, menos propio, distinto.
No guardas memoria
de tu posición en los dos ejes del plano, como si hubieras estado en
otro lugar que no recuerdas y no hubieras llegado allí por tus
propios medios. Tal vez eso sea lo que hace la mente al soñar: viajar. Quién
sabe.
Le llaman borrachera
del sueño y es un fenómeno conocido por la ciencia, descrito por un
porcentaje significativo de personas, en su mayor parte niños. Sin
más trascendencia, la situación no reviste mayor gravedad que
levantar un párpado para volver a hallar las referencias de la
posición.
Tampoco parece que
lo experimente todo el mundo así que es algo que no pasa de la
curiosidad y queda en un segundo plano totalmente desapercibido. Y es
que, desde luego, como fenómeno aislado no tiene mayor recorrido.
Sin embargo, con el
paso de los años, se ha ido despertando en mí una sutil sospecha.
Como decía, ni siquiera sé si lo que voy a relatar son recuerdos o
imaginaciones; ensoñaciones sin lugar a dudas.
Recuerdo algunos
sueños de cuando era niño. Algunos supongo que irrelevantes para el
caso que nos ocupa y otros en los que intuyo una estrecha relación.
Realmente me ha
costado darle forma a los hechos que voy a exponer y han sido
reconstruidos de forma casi inadvertida, juntando unas pocas piezas de
un enorme puzzle que sin embargo, aunque muy limitada, pueden dar
cierta idea de la imagen general.
Una de esas
experiencias que parece desenterrar un recuerdo latente, y no hablo
de un dejavu, si no de algo más racional y menos sensitivo, fue
leyendo el relato de un usuario en un foro de la red.
Narraba un sueño
con un tarro de galletas. Su madre le prohibía coger galletas del
tarro y lo situaba en un lugar elevado, luego él a hurtadillas
trataba de alcanzarlas pero, al tratar de agarrar el bote, éste estaba
demasiado alto así que terminaba cayendo y rompiéndose en el suelo
de la cocina. Ese sueño.
Me resultó muy
familiar. Claro que yo no soñé con su madre ni con su tarro de
galletas ni con su cocina sino con la mía. Como una plantilla con
los mismos campos y diferentes respuestas. Pero con calcado
desarrollo.
Recuerdo otro,
repetido en más de una ocasión. En realidad lo que recuerdo es la
sensación de frustración e impotencia condensada en una simple
acción: pegar puñetazos al aire. Golpear sin hallar objetivo.
Entiendo que lo que
voy a plantear, y más basado en tan escuetos datos, no tiene rigor
alguno pero con el paso de los años, cada vez más, considero que hay
que dejar que la intuición señale el camino.
En realidad forma
parte de un test, o eso creo. Sí, un test. Como en un examen, digamos. Una serie
de pruebas en las que se valoran diferentes aptitudes del sujeto. Un
problema al que se le enfrenta hasta que halle la solución correcta.
Así, en el sueño del tarro de galletas, lo que se vence cuando el
resultado positivo es la tentación de ir a buscarlas. Siempre se
alcanza la misma conclusión pero en muy diversos números de
intentos.
Muy parecido es el
caso de los puñetazos al vacío. Se provoca al sujeto para medir su
respuesta más primaria, la de la acción violenta y el sueño no
cesa hasta que el sujeto huye de la provocación eludiendo el
enfrentamiento. No está tan claro en mis suposiciones si forma parte
de una evaluación o de una enseñanza, quizás ambas a la vez.
Es muy posible que
haya muchos más, estos breves retazos son casi todo lo que he podido
rescatar.
Desconozco si sucede
así en todos los casos pero en el mío el sueño que pone fin a la
evaluación supone el reconocimiento de los examinadores. ¿Cuánto
mide un niño de 5 o 6 años, un metro? ¿quizás menos? Recuerdo la
imagen, pero no vista en primera persona si no desde un lateral. Un ser más bajito que yo, quizás el mismo que me provocaba para que
le golpeara sin poder alcanzarlo nunca, depositando su mano derecha
sobre mi hombro izquierdo, como señal de aprobación y respeto. Ésa
fue la sensación. Y ésa es la historia, no hay mucho más que contar a
fecha de hoy.
Bueno, quizás un
pequeño detalle. Siendo ya adolescente, unos diez años después,
recuerdo estar con una prima lejana en una discoteca en un pueblo de
la costa. Era aún muy joven, estaba allí plantado en un lateral
observando el panorama, sin interactuar. Mi prima iba y venía, yo
estaba de visita y ella conocía a algunas personas de por allí.
En un momento dado
se acercó un chaval, algo mayor que yo. Iba acompañado de otro y
parecían estar persiguiéndose entre los que ocupaban la pista de
baile, jugando, pasándolo bien. Se acercó hacia mí seguido del
otro y se paró delante, divertido, sonriendo, casi con algo de burla
y me situó solemnemente la mano derecha sobre el hombro izquierdo.
Volvió a reír y desapareció junto con el otro entre la gente,
entre risas. Mi prima, que lo vio, se sorprendió tanto o más que
yo, que quedé bastante estupefacto. No por el sueño, no, no
contemplé la posibilidad de relacionar ambos acontecimientos
aislados en las antípodas de la mente hasta muchos años después.
Ni siquiera tengo la certeza de que por entonces lo recordara. Por el hecho en sí, era extraño.
No desentonaba tanto, una broma en el ambiente festivo de una discoteca de la costa en
verano. Recuerdo que lo comentamos sorprendidos en el regreso en
coche junto a nuestros padres. -Sería gay. Fue la forma más
razonable de explicar el curioso gesto y quizás no haya ninguna otra.
Sin embargo algo en
mí no puede renunciar a contemplar otras posibilidades por
descabelladas que puedan parecer. Soy muy consciente de que ofrezco
más preguntas que respuestas porque en realidad es todo lo que tengo.
Un
17% de los niños experimentan la llamada borrachera del sueño,
según los datos. Con toda sinceridad, no creo que me moviera en toda
la noche de la cama. De eso estoy convencido, por los menos en el
caso de mi cuerpo. Pero ¿y la mente?
¿Es posible que una sexta
parte de los niños esté siendo abducida en la misma seguridad y
tranquilidad de sus hogares sin ni siquiera tener constancia nadie de
ello? ¿Tal vez más y no todos lo recuerdan, ni siquiera de forma
parcial y velada? ¿Con qué finalidad? ¿Realmente era una
evaluación, algún tipo de enseñanza o sólo unos cuantos recuerdos
sesgados e inconexos que con los años la mente ha articulado con el
pegamento de la imaginación?
Entonces, ¿por qué eran pequeños
hombrecillos verdes antes de saber que debían ser pequeños
hombrecillo verdes? ¿Una incorporación posterior construida por la
mente consciente? Tal vez sólo un sueño. Al fin y al cabo eso es lo
que nos dicen nuestros padres cuando despertamos por las noches tras
sufrir tremendos terrores nocturnos: no te preocupes hijo, sólo ha
sido un sueño. Sólo era un sueño. ¿Sólo era un sueño?
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jueves, 21 de septiembre de 2017
La montaña
La vida es dura
aquí. Los inviernos fríos y los veranos abrasadores. Hay otra
pequeña aldea al norte del río donde las noches son aún más
frías. Más allá sólo la espesura. No solemos alejarnos demasiado,
lo suficiente para dar con algún venado desprevenido y evitando
desagradables encuentros con los osos. Algunas noches de verano se
los puede oír rondando la empalizada de la aldea, así como el
aullido de los lobos.
Comemos la carne,
curtimos la piel y afilamos los huesos pero en realidad es el río el
que nos brinda todo lo que necesitamos, agua fresca y pesca
abundante. También plantamos algunas semillas. Y quemamos leña,
mucha leña. Así lo hizo el padre de mi padre y su padre también,
así ha sido siempre. No somos muchos un par de familias aquí y otra
en la aldea del norte y nunca nos alejamos demasiado, no es seguro.
Algunas noches nos
sentamos junto al fuego y el abuelo cuenta historias, las mismas que
al él le contaron los ancianos y que otros seguirán contando cuando
les cubra la tierra, de cuando las personas vivían en aldeas más
grandes, muchas personas y había muchos frutos y manjares que hoy ya
no conocemos.
No está permitido
alejarse de la aldea aunque todos han sentido en algún momento la
tentación de hacerlo. Los pocos que lo han hecho no han vuelto.
Afuera los peligros son numerosos y el clima, lejos de la fogata y la
tienda, lo bastante arduo como para dormir a un hombre para siempre.
Algunos partieron en
busca de la gran aldea de las historias de los ancianos aún con la
advertencia de que nada quedó de ella. El fuego de la guerra lo
arrasó todo. El padre de todos escapó hasta aquí junto a la madre
de todos, huyendo de la muerte que alcanzó al resto. La familia fue
creciendo y algunos levantaron la pequeña empalizada al norte del
río. Nunca queda nadie fuera cuando se pone el sol y empiezan los
cánticos de los lobos.
Si hay alguna
partida de caza salen pronto con el sol y suelen volver antes del
mediodía. Ahumamos la carne sobrante, no es bueno salir demasiado de
caza, es demasiado peligroso. Nunca nos hemos encontrado con otras
personas de otras aldeas, si es que las hay, como algunos creen, pero
los ancianos siempre han contado que somos los últimos de nuestra
raza. Por eso es tan importante que no nos pongamos en peligro.
Incluso sin salir de nuestro hogar algunos de los niños y recién
nacidos mueren de fiebres. Los enterramos junto a los padres de
todos, bajo un cruz de madera, como se dejó dicho.
A los más jóvenes
no nos dejan ir con las partidas de caza pero podemos pescar en el
río. Por lo general es un remanso tranquilo salvo en la época del
deshielo que baja más acaudalado y “la corriente podría
arrastrarte como a una hoja seca”, me advirtió mi padre. Y eso es
exactamente lo que me ha sucedido, el pez era enorme y en una
sacudida me ha llevado al agua y a la corriente tumultuosa, esta vez
ha ganado él.
Ahora estoy empapado
y muy lejos del campamento, no sé cuanta distancia he recorrido con
la corriente y el sol ya está muy bajo, ni siquiera veo el humo de
la aldea. Debería ser sencillo, remontar el curso del río hasta dar
de nuevo con la aldea, buscar algún lugar elevado desde el que
localizar el humo de la fogata en el horizonte pero después de caer
por el salto de agua no reconozco nada de lo que me rodea y he caído
con la corriente mucho tiempo antes de poder escapar de ella hacia
una orilla.
Tengo golpes y
cortes por todo el cuerpo y tiemblo de frío, agotamiento y miedo.
Remontar el río no va a ser tan sencillo, la luz declina entre las
nubes y el terreno escarpado me obligar a trepar o rodear algunas
elevaciones. Cuando el sol se ponga, alejado del río, no será tan
fácil orientarse. Difícilmente podría hacer un fuego para pasar la
noche y si es demasiado fría podría no despertar.
He de permanecer en
movimiento. He de entrar en calor. Pensaba que mi único problema
sería dar con el camino de vuelta, una silueta oscura deslizándose
entre los árboles me obliga a distanciarme aún más del río
caminando alejándome de él. Va a ser una noche muy larga, con
suerte.
La oscuridad ya es
casi completa bajo los árboles y los sonidos del bosque me
envuelven, trato de aguzar los sentidos sin detenerme pero la tenue
realidad que me envuelve se desvanece ante mis ojos a los pocos
metros en un vacío negro e insondable. Los ruidos en cambio llegan
de todas partes. Las pisadas suaves y firmes sortean los obstáculos
más inmediatos sin saber en qué momento podrían conducirme hasta
las fauces de un oso o quien sabe si algo peor.
Toda la noche
transcurre en completa tensión caminado entre la maleza en un enorme
rodeo eludiendo algunos rugidos lejanos, de hecho apenas he podido
avanzar sobre el curso del río y me encuentro al pie de unas
montañas desconocidas, tal vez ascendiendo con la nueva luz del día
pueda situarme mejor y reconsiderar mis posibilidades.
Quizás envíen
alguna partida de búsqueda, tal vez pueda ubicar por fin la columna
de humo de las aldeas desde alguna colina. Tal vez pueda descansar y
reponer algunas energías al calor del sol. Quizás encontrar algún
pequeño arroyo entre las piedras en el que saciar la sed.
Encuentro durante el
ascenso un pequeño curso de agua, no hay mejor sabor que el del agua
fresca saciando la sed. Cierro los ojos descansando un instante.
Cuando los abro me está observando, desde el otro lado un enorme oso
pardo. Está muy cerca, no comprendo como no lo he oído llegar.
Me incorporo
lentamente, tal vez sólo esté interesado en el agua. Me alejo
algunos pasos de espaldas, despacio y a tientas mientras me
contempla. Cuando he ganado la distancia suficiente me doy la vuelta
y empiezo a correr y trepar por los salientes más abruptos que soy
capaz de salvar.
No me detengo
durante largos jadeos con el sudor resbalando a chorros por el
rostro, ya el sol se ha elevado alto sobre el horizonte y no tengo ni
la menor idea de donde estoy. Alcanzo un pequeño cerro cercano con
algunos esfuerzos más con la esperanza de poder encontrar alguna
referencia familiar, el oscuro humo de las fogatas a lo lejos o por
lo menos el curso plateado del río.
Giro sobre mí mismo
desde la altura describiendo un círculo completo, tal vez algunos
destellos brillantes entre la vegetación se divisan lejanos que
pudieran formar parte del río del que tanto me he alejado, ni rastro
de humo entre las nubes en la dirección aproximada en la que creo
que la aldea debiera estar, tal vez el viento no sople a mi favor.
Aprovecho para otear
en otras direcciones hacia horizontes sobre los que nunca antes se
habían posado mis ojos, bosques que se extienden por la falda de la
formación rocosa que se eleva frente a mí, en la distancia, dejo a
la mirada pasear sobre el cielo, las nubes y la roca desnuda, al
principio sólo parece un capricho de la montaña. Pero no es sólo
un capricho, ni dos ni tres, sino cuatro. Cuatro cabezas enormes
esculpidas cerca de la cima, en la pared de la montaña, cabezas
humanas.
Y por un momento me
olvido del río serpenteante y de la columna de humo que señala el
camino de regreso al hogar. Debo ir hasta allí. Hay alguien más.
Tiene que haber alguien más.
domingo, 10 de septiembre de 2017
Algo extraño
La primera vez que vi la tierra desde el espacio noté algo extraño.
No tenía paralelos, ni meridianos. Ni fronteras.
No tenía paralelos, ni meridianos. Ni fronteras.
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política
lunes, 7 de agosto de 2017
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